Bajo la lupa

Cuando el terror nos alcance

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Nos vanagloriamos de la seguridad de nuestro Estado. Nos llena de orgullo hacer énfasis en que Yucatán, a diferencia que en el resto del país, el narcotráfico no es problema; que somos un oasis en el desierto de la masacre. Presumimos que aquí no hay decapitados, ni «encobijados», ni «pozoleados», ni colgados, ni desmebrados, ni… En fin, todas esas formas atroces que el laboratorio del crimen ha experimentado para matar y matar de miedo. Sin embargo, esas manifestaciones brutales de terror son sólo la expresión más visible de un cáncer del que también padecemos desde hace varios años. Tal vez el horror no alcance aquí los evidentes, macabros niveles del centro y norte del país, pero sin lugar a dudas también adolecemos el mismo mal. Sí, en Yucatán igual opera el crimen organizado. Sí, aquí también hacen negocios las mafias del narcotráfico.

Los capos no son sólo seres sanguinarios, criminales sedientos de sangre y poder, no son simples bandidos, temerarios, hábiles con las armas. Esa es una caricatura, simplicidad de folletín; Los líderes de la mafia son hombres y mujeres que saben adaptarse a la situación y su entorno, con un inmenso poder corruptor en una sociedad ávida de dinero y huérfana de valores.

A la región que llegan, estos capos —hombres de negocios, al fin y al cabo— adaptan sus actividades a conveniencia. En algunos lugares cultivan. En otros, distribuyen. Extorsionan y secuestran según la temporada. Venden piratería. Cobran derecho de piso. Clonan tarjetas. Regentean prostíbulos. Venden licor adulterado. Trafican con inmigrantes, con órganos, con cigarrillos, con maderas, con pepino de mar…

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Los que se enriquecen con actividades ilícitas tampoco son sombrerudos que manejan camionetas con corridos a todo volumen; hombres con la santa muerte tatuada, exhibiendo pistolas con incrustaciones de oro. Se mimetizan con facilidad; pueden ser tus vecinos, o los padres de un compañero de tu hijo. Van a misa y a reuniones sociales. Echan porras en las mismas gradas. Estudian posgrados. Comen en restaurantes. Van al cine. Rentan casas en la playa… Poco a poco, de manera desapercibida, silenciosa, el terror nos alcanzó, ya está aquí. Ha extendido sus tentáculos sin que nos hayamos dado cuenta; nos infectó, de pies a cabeza, mientras sonrientes, negamos lo evidente, presumimos que aquí no pasa nada. Y en esa situación compartimos culpa gobernantes y gobernados. A la corrupción generalizada, a la impunidad, a la desidia de las autoridades hay que añadir nuestra displicencia e ingenuidad. Cada vez que alguien compró un disco pirata, vendió una factura falsa, ofreció una mordida a un policía, adquirió una cajetilla de cigarrillos indios, rentó sus bodegas a alguien que le pagó en efectivo, sin pedirle comprobante, alimentó a esa hidra que su mayor triunfo en Yucatán ha sido el de pasar desapercibida.

La pesadilla del crimen no apareció en el centro y norte del país de un día para otro; no se despertaron los tamaulipecos y vieron en sus puentes cadáveres colgados, no al amanecer los michoacanos sintieron un picor en los ojos por la pólvora. Fue un proceso de degradación, de putrefacción social, en donde la gangrena recorrió, lentamente, todas las extremidades de ese cuerpo, hoy muerto en vida. No podemos, entonces, continuar cacareando nuestra seguridad. Aquí operan mafias, lo leemos todos los días. Pepineros, clonadores, traficantes, extorsionadores… Ramificaciones todos del árbol de ponzoña del crimen, de donde fructifican sólo violencia y pobreza. En ese mismo árbol se encuentran el cartel del «Chapo», los zetas, los pelones, los templarios y todos esos sanguinarios clanes que estremecen los titulares de la prensa. Aquí, sólo cambiaron de táctica y de giros. La única diferencia con el centro y norte del país, es que aquí es más redituable ser silencioso y pasar desapercibidos.

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